Fuente:
Salvador Alario Bataller: Intervención psicológica en víctimas de violación. Valencia, Promolibro.
1. INTRODUCCION
Algo hemos de decir, no obstante, sobre el agente de la relación coercitiva que es objeto de este estudio monográfico. La primera indicación que debemos aducir consiste en que la gran mayoría de los datos disponibles sobre los violadores proceden de individuos juzgados y declarados culpables. Por ende, esta evidencia no es generalizable a la totalidad de los agresores sexuales, porque se ha constatado que aquellos violadores de inferior nivel intelectual y económico corren mayor riesgo de ser detenidos y sentenciados. Así mismo, otro problema estriba en que una buena parte de los estudios realizados sobre esta muestra se llevaron a cabo pasados meses e inclusive años después de la violación, por lo que el agresor pudo distorsionar los detalles del suceso debido al paso del tiempo. En esto consiste el sesgo básico de los análisis ex post facto, problemática que ha sido puesta de relieve reiteradamente por distintos autores (vbgr., Davison y Neale, 1.975).
Sin embargo, siguiendo los estudios de autores como Amir (1.971), Rada (1.978), Groth (1.979) y Wolfe y Baker (1.980), se pueden establecer algunos rasgos genéricos sobre estos agresores sexuales, que han sido juzgados y condenados. A saber:
1. El 80% no habían acabado el bachillerato.
2. El 75% tenía menos de 30 años.
3. El 70% estaban casados.
4. El 85% tenían antecedentes penales.
5. El 60% pertenecían a clases sociales desfavorecidas.
6. El 70% desconocían a sus víctimas.
7. El 15% eran reincidentes.
8. El 50% eran alcohólicos y cometieron la violación estando ebrios.
Empero, pese a estas similitudes, los violadores constituyen propiamente un grupo heterogéneo. En este sentido, se dan amplias disimilitudes en cuanto a las motivaciones del acto, los métodos de acosar, forzar y atormentar a la víctima. Así, hay agresores que planean la violación de una manera metódica y, según un informe, no son individuos amorales o antisociales (Facts on File, 1.983). En más de una ocasión se ha destacado esta aparente "respetabilidad" de tal clase violadores (Michaud y Aynesworth, 1.983). Por otra parte, también los hay que actúan impulsivamente, sin premeditación ninguna en sus actos, incluyendo agresiones en lugares públicos (The New York Time, marzo de 1.983).
De otro lado, se ha corroborado que, antipódicamente a la opinión popular, los violadores no poseen, en general, un impulso o deseo sexual más intenso (llámesele libido, si se quiere) que la población normal.El acto de la violación representaría más bien una manifestación de fuerza y rabia que una muestra de deseo sexual (v., Hilberman, 1.976; Groth et al., 1.977). También resulta paradójico que muchos de los violadores no carecen de las habilidades sociales necesarias para establecer una relación sexual normal (Groth, 1.979). Con todo lo anterior, no se está afirmando que en la violación no existan motivos sexuales, sino que en este delito descolla el componente agresivo (Tollison y Adams, 1.979).
Al hilo de lo precedente, en un estudio con una muestra de 133 violadores y 92 víctimas (Groth et al., 1.977), se concluyó que la violación por la fuerza o intimidación podía incluir dos modalidades, es decir, la violación por iracundia y la violación por coerción. En ningún caso el violador informó que el motivo sexual fuera el más sobresaliente en la impulsión del acto.
El ensañamiento físico y verbal , consecuencias claras de la rabia y el odio, eran las características dominantes de la violación por iracundia, detrás de la cual se escondía usualmente la venganza y el castigo hacia la mujer en general y no contra aquella en particular que estaba siendo agredida.
La violación por coerción, se caracterizaría porque el violador intimidaría a su víctima mediante el uso de un arma, la amenazaría con daños corporales o actuaría con el empleo de la fuerza física. Este tipo de violador experimentaría dificultades en su autoestima y en sus relaciones interpersonales, por lo cual la violación vendría a representar una forma de constatar su fuerza, dominio, identidad o idoneidad sexuales.
A la tipología anterior, se ha agregado una nueva clase de violación, la violación por sadismo, en la que destacan sexualidad y agresión, siendo el sufrimiento de la víctima la mayor fuente de placer para el agresor (Groth et al., 1.977). Un 5% de los violadores pertenecerían a esta categoría, el 40% a la violación por iracundia y el 55% restante a la violación por coerción (Groth, 1.979).
Se han llevado a cabo otros estudios en los cuales se comparaba un grupo de violadores con un grupo de personas normales, con el objetivo de arrojar un poco más de luz sobre el perfil psicológico del violador (Abel et al., 1.977; Barbaree et al., 1.979). Como summa sumarum, las conclusiones a que se llegó, fueron las siguientes:
1. Cuando se presentaban secuencias grabadas de relaciones sexuales mutuamente consentidas, las reacciones de ambos grupos fueron similares.
2. Los violadores tenían erecciones ante relatos de agresiones sexuales, pero no los controles.
3. La intensidad de la respuesta sexual en el grupo de violadores fue idéntica en escenas coercitivas que en escenas de mutuo consentimiento.
La evidencia anterior sugiere que los no violadores poseen mecanismos psicológicos de control, como la empatía con la víctima o el mismo miedo, que inhiben la respuesta de excitación sexual ante escenas de contenido referente a violaciones. De ello se infiere que, muy posiblemente, los violadores carecerían de dichos mecanismos internos de control o poseerían capacidades adquiridas para superarlos. Como crítica a las investigaciones en las cuales se basan estas conclusiones, diremos que la muestra de violadores era muy reducida, por lo que cualquier intento de extrapolar aquéllas a la globalidad de los agresores sexuales resultaría, de todo punto, incongruente. Siguiendo a Masters et al. (1.987), tampoco se puede afirmar, partiendo de dicha evidencia, que los rasgos descubiertos en el grupo estudiado identifiquen,así mismo, la motivación y dinámica propia de la violación
por un compañero circunstancial. En tal situación, muy probablemente el tipo de violación más frecuente, resulta plausible pensar que un factor motivacional de mucha enjundia sea el goce anticipado de la relación, si bien el factor coercitivo o intimidatorio podría también tener aquí su peso. Sin embargo, estos son temas que requieren ser investigados en mayor profundidad y de manera mucho más sistemática.
2. DISFUNCIONES SEXUALES DEL VIOLADOR
En el mismo acto de la violación, no es raro que los violadores presenten disfunciones sexuales. Este descubrimiento se realizó sobre una muestra de 101 violadores (Groth y Burgess, 1.977). De ellos, 27 individuos tuvieron dificultades de erección, 5 eyaculación precoz y 26 no consiguieron eyacular. Este cuerpo de evidencia nos lleva directamente a una conclusión que ya quedó dicha y es la que se refiere a que la violación no posee un móvil inspirado prioritariamente en el deseo sexual. De hecho, el 55% de la muestra experimentó alguna dificultad en su desempeño sexual, en especial en la fase del deseo o en la fase de la excitación. La incompetencia eyaculatoria, disfunción por lo demás rara en la población general, tuvo un índice muy alto entre los violadores. Posiblemente este hecho se halle positivamente relacionado con el mero empleo del poder, de la fuerza o la explosión de iracundia. Debe agregarse a lo anterior una consideración de orden práctico y es que, en algunas ocasiones, no se le ha prestado credibilidad al testimonio de la mujer por no encontrarse restos de esperma en su cuerpo. De ahí que, en el procesamiento de los violadores, debieran tenerse presente estos dos hechos, antes de dictaminar su absolución, es decir, que muchos agresores eyaculan prematuramente (sin llegar a tocar a sus víctimas) y que otros individuos no pueden eyacular durante la violación.
3. SOBRE HIPOTESIS ETIOLOGICAS
En un trabajo de investigación reciente, se halló una correlación positiva entre sujetos encarcelados por delitos criminales y niveles elevados de testosterona total y globulina ligada o portadora de este andrógeno (Aluja et al., 1.989). En cambio, se observó una depleción de los niveles hemáticos de testosterona libre. Un dato altamente interesante era que los individuos encarcelados puntuaban más alto en la escala de "buscadores de sensaciones" en comparación con los sujetos del grupo de control, hechos concordantes con los hallazgos de Baitzman y Zuckerman (1.980).
Como ya se ha dicho, existe una controversia en torno a los estudios sobre ofensas y desviaciones sexuales. Puede ser muy interesante, amén de esclarecedora, una línea de investigación que adune factores bioquímicos y parámetros de personalidad (Farré Martí, 1.991). En relación con ello, se han publicado investigaciones en las que se encontró una correlación positiva entre altos índices en "búsqueda de sensaciones" y la actividad del acetilcolesterasa. Ello implica un aumento del catabolismo colinérgico, que se traduciría en una mayor dificultad para la relajación en las conductas o en la actividad, niveles disminuidos de MAO plaquetaria, además de la correspondiente escasa degradación de catecolaminas, las cuales son responsables -al menos parcialmente- de la hiperactividad. También se coligen déficits de serotonina.
No en el caso concreto de los violadores, sino refiriéndose a las parafilias, Eysenck (1.979) y Eysenck y Wilson (1.976) adujeron argumentos genéricos para explicitar la relación intrínseca entre el hombre y las referidas parafilias. Tal vez algo de ello sea extrapolable , en principio, al caso de los agresores sexuales, asumiendo que se necesitan investigaciones específicas con este tipo de sujetos. Según los autores anteriores, las mujeres poseerían una mayor capacidad discriminativa en materia sexual en comparación con los varones. Este hecho se daría incluso en animales inferhumanos. Los hombres, en lo que a ellos respecta, mostrarían una más acentuada variabilidad sexual, ya que pueden permitirse el lujo de desperdiciar su fluido seminal (Eysenck y Wilson, 1.976). En el hombre, el impulso sexual sería imperativo y requeriría necesariamente satisfacer este apetito. En consecuencia, habría más hombres insatisfechos y muchos de ellos, si de dieran las condiciones favorecedoras, llevarían a cabo, con mucha probabilidad, conductas parafílicas. En los violadores se ha descubierto un impulso sexual no superior a los controles, pero sí muestran una mayor agresividad e infravaloración hacia la mujer (v., Masters et al., 1.987). La conducta agonística (de ataque y defensa) se relaciona, en muchas especies, con los niveles de testosterona. También el deseo sexual, por lo menos en lo que hace al hombre y a la mujer y no solamente en ellos entre los biontes. Empero, se ha señalado que el impulso sexual es fuerte entre los parafílicos y, en relación con ello, los hombres sexualmente insatisfechos tienden más que la mujer a compensar tal insatisfacción con fantasías de contenido fetichista o sadomasoquista. La insatisfacción sexual básica del parafílico -habría que ver que sucede, en este sentido, en el caso del violador- puede encontrarse en la base de la psicopatología, pero hay otros aspectos etiológicos, varios en efecto, que se encuentran también presentes de forma importante (v., Farré Martí, 1.991). A tenor de estudios que hemos comentado en este mismo capítulo, si el impulso sexual del agresor sexual es fuerte, lo es tanto como el de una persona que no sea un violador. La violación constituiría un acto más de agresión y humillación, que una conducta conducente meramente a la satisfacción del impulso sexual. Sin duda que deben de haber otros factores motivadores de la agresión sexual, entre ellos también el deseo de tal naturaleza, pero la violación con trágico final, si bien no la más frecuente, existe. Afortunadamente, según parece, es un desenlace bastante raro.
Lo que sí parece incontrovertible es que las parafilias, los vejámenes y las agresiones sexuales son propiedad casi exclusiva de los hombres. El porqué esto sea así,no podemos contestarlo actualmente de manera ni siquiera aproximada. Este epígrafe, entonces, queda como una simple posibilidad, en gran medida de carácter especulativo.
Por último, Carrobles (1.987) afirma que la principal explicación sobre la génesis y mantenimiento de la conducta de violación, derivaría de la teoría del aprendizaje social. Según ésta, el trastorno se produciría básicamente a partir del modelado social proporcionado por otros jóvenes agresores sexuales, tal como puede suceder propiamente en el caso de la violación en grupo. Los más jóvenes aprenderían esta forma anómala de interacción sexual observando y siendo reforzados por los más "veteranos".
En el caso del violador que actúa solo (ordinariamente de mayor edad que los que violan en grupo), se trata de individuos solitarios, con dificultades para el establecimiento de relaciones heterosexuales.Sería asumible que, en estos individuos, el éxito en violaciones sucesivas haga que determinadas características de las víctimas (vbgr., estudiantes que viven en apartamentos aislados, mujeres que tienen que desplazarse por calles desiertas habitualmente, etc) lleguen a convertirse en estímulos antecedentes de las agresiones sexuales. Además, el ensayo cognitivo de la secuencia de la violación -y la masturbación asociada a ésta en fantasías precedentes y subsiguientes al acto violento- puede tener, de igual forma, un peso etiológico en este tipo de agresión sexual para esta clase concreta del violador solitario.
Por otra parte, en la violación se observa una correlación importante entre las características sociales de los violadores (bajo nivel socioeconómico y cultural, soltería, juventud, etc) con los índices de delincuencia y criminalidad, lo que ha dado pie a pensar en la existencia de algún tipo de subcultura especial que facilitaría tanto el aprendizaje de la delincuencia, como del comportamiento del violador (Amir, 1.971).
Asimismo, teniendo presente la relación estrecha que existe entre sexo y agresión, se ha postulado que los agresores sexuales serían más coléricos y violentos que los sujetos de la población normal y que, por consiguiente, la misma violación representaría un modo de dominancia, agresión y hostilidad hacia la víctima. Con este proceder, se estaría, en suma, mostrando -en su forma más abominable- la preponderancia o superioridad masculina (Brownmiller, 1.975).
4. EL TRATAMIENTO DEL VIOLADOR
4.1. Introducción
Las conductas sexuales problemáticas, como parafilias, ofensas sexuales, etc) son, hablando in universum, trastorno que deberían recibir tratamiento (por lo menos en mayor medida del que reciben actualmente) porque pueden conducir, en no pocos casos, a consecuencias negativas. Asimismo, algunos pacientes acuden a consulta a causa del gran sufrimiento emocional dimanante del trastorno. El violador es un caso aparte en muchos aspectos (entre otros, porque es la sociedad la que sufre por su causa), pero hablaremos ,en este lugar y en términos generales, de la conducta sexual desviada y su tratamiento, para ir canalizando a posteriori el discurso hacia las agresiones sexuales. Una exposición amplia de las técnicas terapéuticas al uso para estas psicopatologías puede encontrarse en Farré Martí (1.991).
En líneas generales, los objetivos terapéuticos de una intervención centrada en este tipo de problemas se concretan en los que a continuación se relacionan:
1. Disminución o eliminación de la sexualidad patológica.
2. Potenciación de un comportamiento sexual más adaptativo.
3. Consecución, en algunos casos, de una mejor adaptación del sujeto a su variante sexual. Como cabrá suponer, este objetivo no se pretende cuando la conducta sexual del paciente es real o potencialmente peligrosa para las demás personas.
4. Eliminación de las disfunciones sexuales (vbgr., disfunción eréctil, eyaculación precoz, etc) en aquellos casos que las presenten.
Hay que dejar constancia que, en algunos pacientes, la reducción de la desviación sexual, se sigue directamente de la disminución de los deseos sexuales desacostumbrados, aunque también puede producirse el efecto contrario, hecho que dificulta, no poco en ocasiones, el encontrar una estrategia terapéutica óptima (Farré Martí, 1.991).
4.2. Consideraciones básicas sobre
las estrategias terapéuticas
Las técnicas que se suelen aplicar para el tratamiento de la conducta sexual patológica son tanto conductuales como bioquímicas. Las dilucidaremos sucintamente a continuación, haciendo antes la salvedad que métodos quirúrgicos como la castración o ablación de ciertas zonas cerebrales han quedado prácticamente en desuso y forman parte de la historia.
4.2.1. Técnicas conductuales
Las técnicas de modificación de conducta son eficaces en el tratamiento del comportamiento sexual desviado, pero quedan aún muchas cuestiones pendientes de ser aclaradas. Por otra parte, las técnicas de conducta tienen la gran ventaja de estar validadas experimentalmente, cosa que no sucede -ni de lejos- con otras modalidades terapéuticas de corte psicológico. Como ha señalado Farré Martí (1.991) se trataría, en efecto, de reducir la conducta sexual desviada (parafílica, agresiva), aumentando la homosexualidad o heterosexualidad "normales", toda vez que se abrogaría el efecto de factores desencadenantes como la ansiedad, el estrés o el déficit de habilidades sociales para iniciar, realizar y mantener relaciones interpersonales (las sexuales, específicamente, como parte integrante de las mismas).
La terapia aversiva ha sido el tratamiento de rigor para los casos que venimos comentando, bien bajo la forma de condicionamiento clásico -i.e, asociación del estímulo condicionado (EC, de naturaleza desviada) con el estímulo incondicionado (EI, de carácter aversivo), tratándose de condicionar respuestas (respuestas condicionadas, por tanto, RC) de excitación sexual ante películas, diapositivas, narraciones o fantasías de conductas sexuales consideradas socialmente normales. La respuesta incondicionada (RI) puede elicitarse por los mismos métodos, aunque en este caso pueden utilizarse conductas manifiestas (vbgr., el acto de exhibicionismo, la presencia de un fetiche, etc).
Las parafilias fueron tratadas mediante estas técnicas por investigadores pioneros en terapia de conducta, como Marks y Gelder (1.967) y Bancroft (1.974). En psicología del aprendizaje, el castigo implica la aplicación de un estímulo punitivo (o la retirada de un refuerzo positivo, según el caso) contingentemente a la respuesta a modificar, por desadaptada; con ello, se espera una disminución de la evocación futura de dicha respuesta. Los estímulos aversivos son variopintos en su naturaleza, pudiendo ser eléctricos (muy poco utilizados en el presente), olores desagradables (como el amoníaco) o la aversión por vergüenza, en la cual el paciente realiza la conducta desadaptada ante otras personas, a fin de avergonzarle. Estas pueden pertenecer o no al equipo terapéutico y actúan como observadores. esta variante de la terapia aversiva puede incluir la crítica, el rechazo o la burla por parte de quienes observan. Otro estímulo punitivo consiste en golpearse la muñeca con una goma. El choque contra la piel ha de producir dolor y esta técnica la utiliza el paciente como método de autocontrol de sus deseos y pensamientos anticipatorios del comportamiento que pretende cambiar.
En nuestros días, una variante de la terapia por aversión ampliamente utilizada es la sensibilización encubierta (v., Aluja y Farré, 1.989; Upper y Cautela, 1.983), con el empleo de fantasías por parte del sujeto. El procedimiento consiste en que cuando el paciente imagine vívidamente el acto inadecuado, se aparee a una situación física desagradable, bien en forma imaginada o directa (vbgr., hipernea, sudoración, taquicardia, hipertonía muscular, etc). El sujeto escapará de la situación aversiva cuando imagine un acto aceptable.
Una técnica similar a la anterior es la denominada masturbación programada o recondicionamiento orgásmico (v., McKay et al., 1.985; Aluja y Farré Martí, 1.989), donde el paciente solamente podrá eyacular cuando consiga mantener, en su imaginación, fantasías sexualmente apropiadas.
Las últimas técnicas explicadas incluyen el componente cognitivo, siendo las dilectas de los clínicos hoy por hoy. Además, entrañan ventajas evidentes para los pacientes ansiosos y con déficits de autoimagen. Estimulan el autocontrol como responsabilidad del sujeto (Farré Martí, 1.991). En aras a aumentar el autocontrol, el paciente -con la ayuda del terapeuta- habrá de identificar y analizar los estímulos desencadenantes, tanto internos como externos. Subsiguientemente se ha de establecer la cadena formada por los elementos "estímulo-impulso-respuesta", a la par que se selecciona un conjunto de conductas alternativas, más adecuadas, para utilizarlas cuando se presente el problema, a fin de interrumpir las fases incipientes de la referida secuencia.
Ni decir tiene que la finalidad de la terapia aversiva no estriba en inflingir dolor al paciente, sino eliminar la excitación y el comportamiento desadaptado, aumentar la sexualidad "normativa", además de intensificar la capacidad de autocontrol del sujeto. Al ser un procedimiento aversivo, debe aplicarse siempre con el consentimiento del paciente. Finalmente, hay que señalar que existen bastantes estudios controlados sobre la eficacia y seguimiento de esta modalidad acológica. Hablando en términos generales, los éxitos oscilan entre el 50 y el 60% (Farré Martí et al., 1.983), cifra que no es plenamente desalentadora. Para que la terapia aversiva produzca los resultados apetecidos es condición sine qua non el que se refuercen otras conductas alternativas agradables utilizando, por ejemplo, técnicas como la desensibilización sistemática, entrenamiento en habilidades sociales , incremento de actividades gratificantes, etc. Esta es una norma, por lo demás, general cuando se aplican técnicas de castigo (v., Axelrod y Apsche, 1.983). Tampoco debe soslayarse la muy importante cuestión del mantenimiento o sostén de los éxitos conseguidos (durante un mínimo de 6 meses y un máximo de 1 año). Durante este tiempo, el paciente ha de proseguir empleando las técnicas de autorregistro, afrontamiento de problemas diversos (estrés, ansiedad, depresión, conflictos de pareja) que podrían provocar recidivas.
4.2.2. Terapéutica bioquímica
Como su nombre indica, los antiandrógenos son substancias químicas que ejercen un efecto contrario al de los andrógenos. Se ha investigado su utilización, particularmente del acetato de medroxiprogesterona (AMP, en adelante) en trastornos parafílicos (Gagné, 1.981; Córdoba y Chapel, 1.983; Money, 1.886; Berlin, 1.983, 1.987; Berlin y Meinecke, 1.981; Cooper, 1.987), habiéndose empleado también en el tratamiento de los violadores. El acetato de ciproterona (AC) es otro antiandrógeno sobre el cual se ha investigado menos que en el AMP.
El AMP es una droga que bloquea la biosíntesis testicular de testosterona (T), reduciendo -a la par- los niveles hemáticos de gonadotropinas, probablemente debido a su acción directa sobre el eje hipotalámico- hipofisiario. La depleción de T es muy intensa a dosis que oscilan entre 75 y 600 mg/día (media = 400 mg intramusculares/semana). Se da una doble inyección diaria a fin de evitar la irritación y el dolor locales. La disminución de T es ya patente aproximadamente a las dos semanas. Una vez se aprecia que decrecen las fantasías sexuales y el impulso se reduce, se van espaciando las inyecciones y reduciéndose las dosis. El tratamiento puede durar meses, 1 año e incluso más tiempo. Efectivamente, algún autor se ha referido a esta modalidad de intervención biológica como castración "química".
En los estudios de seguimiento de 1 año o más, la mayoría de los investigadores comunican un éxito del 80% de los pacientes parafílicos tratados (la situación es mucho más dudosa en el agresor sexual). Existen también efectos secundarios que debemos mencionar, como hipertensión ligera (en un 30% de los casos), aumento de peso (20%) y otros muy semejantes a los que se manifiestan en la menopausia (mialgias, rubor, sudoración nocturna, oleadas de calor, etc). No hay evidencia de que el AMP, a dosis terapéuticas, produzca impotencia, ni cáncer. Las consideraciones generales que se han señalado para la terapia aversiva son válidas para el tratamiento hormonal, pudiendo asociarse con masturbación programada, aversión por vergüenza, etc (Farré Martí, 1.991).
Aunque los resultados del tratamiento bioquímico pudieran entusiasmar en demasía a más de uno, la realidad es que se necesitan más datos para asentar conclusiones válidas relativas a su efectividad. Existen, ciertamente, otras substancias antiandrogénicas, como el AC, que apenas se ha empleado en las parafilias y mucho menos en agresores sexuales. Debe anotarse que la orientación sexual no cambia. El tratamiento bioquímico representa, como contrapunto, una más aceptable y económica alternativa, sobre todo en aquellos casos particularmente agresivos, que no cumplen con la terapia o lo hacen escasamente, que muestran problemas de seguimiento o tengan dificultades para comprender otras técnicas.
4.3. El tratamiento del violador
propiamente considerado
Previamente a tratar el tema del tratamiento hormonal y psicológico del violador, hay que dejar sentado que antes que un trastorno psicopatológico, la violación es un delito. En consecuencia, los violadores declarados culpables son encarcelados. La pena de privación de libertad es el castigo consuetudinario y los esfuerzos terapéuticos encaminados a rehabilitar al violador son, prácticamente, inexistentes.
En el tratamiento psicológico de las ofensas sexuales, la terapia aversiva ha tenido una aplicación preferente (Rooth y Marks, 1.974; Wikramasekera, 1.968, 1.972, 1.976), siendo en el caso de problemas como el exhibicionismo una terapéutica que ha producido bastante buenos resultados. En el caso concreto de los violadores la terapia psicológica, generalmente considerada, no ha producido los resultados deseados. Así, con técnicas psicoterapéuticas no se ha conseguido eliminar o disminuir la compulsión interna de estos sujetos a la agresión sexual.
Otra alternativa de tratamiento, que ya hemos comentado sucintamente, es la biológica. Como quedó dicho, consiste en la inyección de substancias químicas denominadas antiandrógenos (como el AMP y el AC), cuya acción, bien conocida por lo demás, en el organismo es disminuir los niveles de T, el andrógeno rey, asiento somático del deseo sexual (también, en buena medida, de la agresividad). En la actualidad, si bien sobre un número reducido de casos, se ha desarrollado un programa de intervención combinacional, de AMP cum psicoterapia. Una vez lograda la reducción de la T plasmática por el antiandrógeno, se produce una disminución paralela del deseo sexual, lo cual posibilita que el psicoterapeuta pueda ayudar a los violadores a canalizar por vías más adaptativas sus impulsos sexuales y agresivos. No obstante, hay que hacer notar que con la supresión del fármaco, desaparece la mejoría alcanzada.
En una investigación de 1.983, Berlin informó que de una muestra de 20 violadores tratados con AMP, 17 pudieron controlar su impulso sexual mientras recibían la droga, pero un alto porcentaje recayeron cuando se retiró el AMP. Otra crítica que puede hacerse a esta modalidad terapéutica radica en que el fármaco actúa sobre la conducta sexual y no sobre la violencia, que es un hecho ínsito a la violación. Pese a ello, se ha de desarrollar un mayor bagaje de investigación a fin de dilucidar la eficacia a largo plazo del AMP en los agresores sexuales, previamente a que tenga una recomendación médica generalizada.
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