Sunday, January 08, 2006

VÍCTIMAS DE VIOLACION


LAS VICTIMAS DE LA VIOLACION


Fuente: Salvador Alario Bataller. Intervención psicológica
en víctimas de violación. Promolibro.

1. INTRODUCCION

La experiencia de la violación es virtualmente un acto coercitivo y humillante, en cuyo trance la víctima experimenta un miedo atroz a morir o a sufrir daños físicos importantes. También se vive una profunda sensación de impotencia, como posiblemente pueda darse en muy pocas situaciones de la vida humana.
Como dijimos en el capítulo 1, la violación es más corriente de lo que la gente piensa y las violaciones denunciadas constituyen solo una pequeña parte de las que se llevan a cabo en la realidad. Siendo la violación un hecho tan frecuente, constituye un tema de gran relevancia el de las consecuencias en la víctima del trauma. En un número nada despreciable de personas sexualmente agredidas, se genera un cuadro psicopatológico conocido con el nombre de trastorno por estrés postraumático, cuyos criterios diagnósticos han sido ya establecidos claramente y que brinda, hoy por hoy, el marco más idóneo en el cual contemplar la problemática psicológica de las víctimas de violación.
Nuestro estudio se centrará especialmente en los efectos psicológicos y repasaremos sumariamente el lado médico del problema y, de una manera todavía más breve, el legal, puesto que, aunque sean capítulos de gran conspicuidad, se apartan bastante del objetivo de esta obra y del propósito del autor.
En lo legal, comenzaremos diciendo que existen notables diferencias entre las normativas de los diferentes países, tanto en lo que hace a la tipificación de delitos como al procedimiento civil o penal prescrito para cada uno de ellos. Aunque, a raíz de los hechos terribles que hemos presenciado recientemente en España, cabe esperar importantes modificaciones legales debe constatarse que, en fecha de 1.988 y a título meramente ilustrativo, en el Código Penal Español se contempla, en el apartado de los delitos contra la honestidad (Título IX, capítulo I, artículos 429 y 430; capítulo III, artículos 434, 435 y 436; capítulo IV, artículos 440, 441 y 442 y capítulo VI -concerniente a la prostitución-, artículos 452 bis a- bisf), parte de los supuestos que resultan equiparables a los de otras legislaciones, como la americana y de los delitos que encabeza el apartado genérico de la relación sexual coercitiva (violación, incesto y acosos sexuales en contextos varios). La normativa procidimental establecida en el Código Penal, se explícita en el artículo 43 y ss. Por otra parte, debe resaltarse que en el Código Penal Español y en el capítulo referente a la violación , se ha producido una reforma (v., Art. 429), en fecha de 1.992, donde se contempla como violación el acceso carnal por vía vaginal, anal u oral, concurriendo además las siguientes condiciones: 1) utilización de la fuerza o la intimidación, 2) realización del acto con una persona enajenada o discapacitada física o psíquicamente y 3) que la víctima tenga menos de 12 años cumplidos.
Otro aspecto importante en torno a la violación es el médico, ya que las víctimas necesitan indefectiblemente atención médica. Son asaz frecuentes las lesiones físicas, no siempre detectables a simple vista (Masters et al., 1.987). Algunos daños inflingidos por la violación son tan graves que puede peligrar la propia vida de la persona agredida, por lo debe actuarse con urgencia.
Junto al tratamiento de los daños corporales, han de detectarse, mediante los análisis de rigor, posibles
contagios de infecciones venéreas. Otra posibilidad es el embarazo y, en caso de producirse y dependiendo de la legislación vigente, la mujer deberá ser claramente informada sobre las posibilidades existentes.
En último lugar, siempre con el beneplácito de la víctima, el examen médico puede constituir una prueba si se instruye un sumario. Por este motivo, un consejo que debe darse a las mujeres violadas es que no se duchen ni se laven, ni se arreglen de cualquier otra manera, antes de dar parte del hecho a las autoridades legales y ser debidamente examinadas.


2. LAS SECUELAS DE LA VIOLACION

2.1. Introducción

El impacto psicológico de la violación puede ser profundo ya inmediatamente al trauma y prolongarse durante años en una proporción importante de casos (v., Marks, 1.987; Masters et al., 1.987). La reacción de la víctima no es uniforme a lo largo del tiempo. En principio, puede aparecer una sensación de impotencia y aturdimiento severos (Hilberman, 1.978). A grosso modo, la reacción de la víctima ante esta situación terriblemente angustiante, constituye una pauta identificable (Warner, 1.980; Notman y Nadelson, 1.976; Burgess y Holmstrom, 1.974). No pocas personas que han sufrido agresiones sexuales sufren el cuadro psicopatológico que ya hemos mencionado anteriormente y que recibe la denominación de trastorno por estrés postraumático (TPEP, en lo que sigue), que se manifiesta con matices diferentes según se trate de pacientes agudos o crónicos y cuyos criterios diagnósticos aparecen nítidamente identificados en el DSM-III-R (A.P.A, 1.978).
Acto continuo, se ofrecerán a la consideración del lector unas notas fundamentales sobre el TPEP, generalmente considerado, para continuar con este trastorno en el caso de las víctimas de violación.

2.2. El TPEP generalmente considerado

Las fobias traumáticas son trastornos emocionales complejos que se generan tras experiencias traumatizantes de carácter excepcional, como la guerra, accidentes aéreos, terremotos, tortura o violación. Como quedó dicho, los criterios diagnósticos que este trastorno están, en la actualidad, claramente tipificados (v.,DSM-III-R, A.P.A, 1.987) (tabla 1).
La reacción de los organismos frente a un desastre consiste en la inmovilidad inmediata por aturdimiento, con apatía y depresión, a lo cual sigue un incremento en irritabilidad o agresividad (Tanis, 1.954). Este cuadro sintomatológico puede agravarse con el tiempo y dar lugar a la aparición del TPEP. Genéricamente, este trastorno se caracteriza por ansiedad, depresión, irritabilidad, insomnio, pesadillas, pensamientos intrusivos referentes al suceso ________________________________________________________
Tabla 1.- Criterios diagnósticos para el Trastorno por Estrés Postraumático
según el DSM-III-R (A.P.A, 1.987). Actualmente DSMIV-TR (2.002)
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308.30 Trastorno por estrés postraumático.

Diagnóstico diferencial: Trastorno adaptativo con estado de ánimo ansioso.

Criterios para el diagnóstico:

A. Existencia de un estrés reconocible, capaz de provocar síntomas significativos de malestar en casi todo el mundo.

B. La reexperimentación del trauma se pone de manifiesto al menos por uno de los siguientes síntomas:

1) Recuerdos recurrentes e intrusivos del acontecimiento traumático.
2) Sueños recurrentes del acontecimiento traumatizante.
3) Comportamiento repentino o sentimiento también repentino como si el acontecimiento traumático estuviera presente debido a una asociación con un estímulo ambiental o ideativo.

C. Embotamiento de la capacidad de respuesta ante el medio externo y reducción de la implicación con él, que empieza en algún momento después del trauma, tal como se demuestra por al menos uno de los siguientes síntomas:

1) Disminución notable del interés en una o más
actividades significativas.
2) Sentimientos de separación o de extrañeza respecto a los demás.
3) Constricción del afecto.

D. Al menos dos de los síntomas siguientes no estaban presentes antes del trauma:

1) Estado de hiperalerta o respuesta de alarma exagerada.
2) Alteraciones del sueño.
3) Sentimientos de culpa por el hecho de sobrevivir cuando otros no pudieron hacerlo o remordimientos por la conducta llevada a cabo para la supervivencia.
4) Afectación de la memoria o dificultades de concentración.
5) Evitación de las actividades que evocan el recuerdo del acontecimiento traumático.
6) Intensificación de los síntomas frente a la exposición de acontecimientos que simbolizan o recuerdan el acontecimiento traumatizante.

Subtipos:

308.30 Trastorno por estrés postraumático agudo:

A. Comienzo de los síntomas durante los seis meses posteriores al trauma.

B. Duración de los síntomas inferior a los seis meses.

309.81 Trastorno por estrés postraumático crónico o retrasado:

Cualquiera de los síntomas siguientes o ambos:

1) La duración de los síntomas es de seis meses o más (crónico).

2) El comienzo de los síntomas se presenta por lo menos deis meses después del trauma.
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traumático y comportamiento de elusión de aquellos objetos o situaciones relacionados con el trauma (Hocking, 1.977; Van der Kolk, 1.984).
En cuanto a la ansiedad, puede presentarse de manera inmediata al acontecimiento traumático y alzaprimarse con los años. Como se ve, al igual que en las fobias y obsesiones y/o compulsiones, el tiempo no constituye un bálsamo que cura todas las heridas. No en la totalidad de los casos los problemas emocionales subsiguen inmediatamente al trauma, pues puede mediar un lapsus temporal variable. Algunos autores, entre ellos Van der Kolk et al. (1.983) y Belenky Y Taube (1.985), han suministrado ejemplos en los que de la experiencia de combate dimanaron problemas emocionales (vbgr., ansiedad, pensamientos intrusivos, pesadillas, etc), años después del acaecimiento del hecho traumatizante.
Por otra parte, un dato parece seguro y es que cuanto más atroz es la experiencia traumática, más grave será el TPEP subsiguiente, independientemente de que se manifieste de forma inmediata o postergada. Blank y Perry (1.984) y Pynoos et al. (1.985), nos ilustran con ejemplos que corroboran el aserto anterior. Por lo demás, cuando el trauma se provoca en colectividad y es severo y prolongado, el TPEP aparecerá en un número elevado de víctimas. Véanse, a este respecto, los datos suministrados por Bond (1.952) sobre las tripulaciones aéreas americanas, que experimentaban problemas emocionales crecientes a medida que aumentaba el peligro en el combate.
Comentábamos en otro lugar y estudiaremos ulteriormente in extenso, que no todas las personas son igual de proclives para adquirir este trastorno, por cuanto el TPEP se provocará en función de la existencia de una serie de factores predisponentes, como historial anterior de victimización, falta de apoyo social, padecimientos psiquiátricos previos, entre otros. Como ejemplo concreto, las perturbaciones psicológicas más graves 3 meses postviolación aparecen en mujeres que anteriormente habían tenido menos relaciones amorosas con hombres y habían experimentado un mayor padecimiento vital (Kilpatrick et al., 1.984). De hecho, una cantidad importante de víctimas de violación continuaban padeciendo trastornos durante años, lo cual -cabe pensar- que dependería de los factores referidos. No obstante, no toda la evidencia muestra concordancia con estas afirmaciones, ya que hay observaciones que sugieren que muchas personas son capaces de adaptarse ante situaciones de peligro intenso y frecuente. La disimilitud apuntada en los datos, puede deberse a la utilización de criterios diferentes en los distintos estudios a la hora de definir las crisis y los síntomas. Estas últimas condiciones pueden depender, en alto grado, de variables tales como significación atribuida al trauma, diponibilidad de ayuda e intensidad del mismo. Qua ex causa, la solución para el desacuerdo ha de venir de la mano, como muy acertadamente apunta Marks (1.987), de la asunción de criterios más estandarizados que definan límpidamente la intensidad o el grado del
trauma, la ayuda posible para enfrentarse a él en aras a solucionarlo y los síntomas del TPEP. También debe tenerse en mente que ansiedad y valentía pueden muy bien concurrir en una misma persona, de suerte que un sujeto enérgico y valiente puede experimentar, pese a ello, una buena dosis de ansiedad. Habría en esto, pues, una clara ortogonalidad.
Una situación especial y que ha sido escasamente estudiada es la concerniente a una variedad específica del síndrome del dolor crónico que tiene una base etiológica en el estrés postraumático (v., Musé, 1.984, 1.985, 1.986; Musé y Frigola, 1.987). Se han especificado criterios definidos para el diagnóstico de este trastorno complejo, identificándose -a la par- distintos tipos clínicos (Musé, 1.985)., cuyo diagnóstico correcto coadyuvaría palmariamente a planificar una intervención terapéutica eficaz. En este síndrome, las técnicas conductuales representan una vía terapéutica prometedoras (Musé, 1.986), habiéndose empleado combinadamente con la narcosíntesis (v., Musé, 1.984). Técnicas como el entrenamiento en relajación muscular, desensibilización sistemática e inundación, tanto en imaginación como in vivo, podrían significar una ayuda válida para los pacientes de este tipo. Empero, debe indicarse que todavía no se han realizado las investigaciones que resuelvan muchas de las cuestiones pendientes en lo relativo a la diagnosis y terapéutica de este cuadro psicopatológico, al que se ha denominado síndrome de dolor crónico postraumático relacionado con el estrés (v., Musé, 1.985).
Una reciente investigación señala la posibilidad de que los ataques de pánico sean un estresor más de los ya tipificados como desencadenantes del TPEP(McNally y LuKach, 1.992), aunque se requieren muchas más investigaciones para asentar esta hipótesis. El TPEP producido por crisis de ansiedad (ataques de pánico) sería menos severo que los que tendrían su venero en el combate o en la violación.
Un capítulo de enjundia, que no puede soslayarse, es el que alude a la relación entre el TPEP y otras fobias. ElTPEP se solapa con fobias específicas que se elicitan después de una experiencia traumática, como puede ser un accidente de tráfico o un atraco. Muchas personas que padecen de fobia específica no recuerdan un trauma en su inicio, sin embargo. De facto, TPEP y fobia específica pueden, muy lícitamente, conceptualizarse como trastornos de ansiedad debidos a un trauma, poseyendo - además- otras dos características en común. Una es la presencia de miedo ante estímulos circunscriptos. La segunda característica se refiere a que ambos cuadros anancásticos pueden ser abrogados mediante terapia exposicional. En este sentido, en la fobia específica -"simple" no nos parece un epíteto clínicamente adecuado (v., Alario Bataller, 1.993)- existe una abundante evidencia experimental respaldatoria de la operancia de la exposición y en el TPEP, si bien la terapéutica exposicional es de aplicación reciente y de resultados alentadores además, los datos proceden , principalmente, de informes relativos a casos clínicos individuales (v., Marks, 1.987).
Hasta aquí hemos hablado de semejanzas, veamos ahora las diferencias. La principal disimilitud entre el TPEP y la fobia específica consiste en que, en el primero, junto a los cuadros fóbicos coexiste un trauma de mucha mayor envergadura al inicio del trastorno y problemas emocionales más generalizados. No obstante, en algunos casos de fobias específicas, también pueden observarse estas características. De otro lado, siguiendo a Marks (1.987), si el calificativo de "específico"se refiere exclusivamente a las fobias más bien que al cuadro clínico global, entonces el TPEP también podría contemplarse como una fobia específica que se circunscribe a la experiencia traumática generatriz y que, ordinariamente, no se generaliza a estímulos de naturaleza social, agorafóbica, de enfermedad u obsesivo-compulsivos. Sin embargo, además del componente fóbico, en el TPEP concurre una perturbación mucho más vasta, no fóbica en su naturaleza y que no se encuentra en las fobias específicas. Marks (1.987), asumiría como plausible conceptualizar el TPEP como una fobia específica con una génesis traumática y alteraciones generalizadas (afectivas, sexuales, sociales, etc). Por lo demás, Ayudo (1.988) señala que en este cuadro clínico aparecen tres síntomas principales: 1) evitación sistemática del acontecimiento traumático, 2) reducción de la capacidad personal de respuesta a los estímulos habituales del entorno y 3) presencia de un estado de hiperalerta.
En lo que alude a la comparación del TPEP y la agorafobia, decir que existe una similitud en cuanto a que ambas psicopatologías conllevan síntomas no fóbicos bastante semejantes, además de las fobias. Aquéllos serían, verbi gratia, ansiedad generalizada, depresión , despersonalización e irritabilidad. No obstante, las diferencias estribarían en que las fobias integrantes de la agorafobia no son las características del TPEP y las de éste se relacionan ineluctable e íntimamente con el evento traumatizante.

2.3. El TPEP en víctimas de violación

Un muy ínclito autor inglés ha considerado el TPEP como una fobia traumática (Marks, 1.987). La violación, a decir verdad, es un trauma excesivamente común, ya que -por ejemplo- cada año en estados Unidos son violadas cientos de miles de mujeres. Así que este acontecimiento infausto es mucho más frecuente de lo que cabría esperar a priori.
El TPEP provocado por la violación, puede manifestarse tanto en hombres (Goyer y Eddelman, 1.984), como en mujeres (Kilpatrick et al., 1.982, 1.984; Steketee y Foa, 1.986). La experiencia de la violación produce, en el mismo trance, paroxísticas emociones de miedo y desesperanza. Ulteriormente, sobrevendrán problemas psicológicos del tipo de depresión, ansiedad, pesadillas, hostilidad, recelo, etc,... considerando, además, todo el espectro semiológico que son inherentes a algunos de los cuadros psicopatológicos enumerados (vbgr., fatiga, apatía, dificultad de concentración, hipervigilancia, entre otros síntomas). Así mismo, en una investigación reciente, se ha encontrado déficits en el procesamiento de la información, incluyendo la referente al mismo trauma (v., Cassiday et al., 1.992). Por lo demás, las pesadillas y el recuerdo de la experiencia traumatizante es un hecho frecuente, al igual que la evitación de los estímulos relacionados con la violación o que "indican" la posibilidad de la repetición de otra experiencia semejante (vbgr., estímulos discriminativos como el estar sola en casa, salir sin compañía a la calle, los extraños, la oscuridad, etc). Hay que agregar,que aproximadamente el 50% de las víctimas de violación, sufren disfunciones sexuales y los intentos de suicidio son casi 9 veces más frecuentes en comparación con personas que no han sufrido este trauma. Debe señalarse que la mayoría de tales intentos autolíticos acurrían tras la violación. En relación con ello, Kilpatrick et al. (1.984a), descubrió que, en una muestra de mujeres, el 50% del total de los actos suicidas, ocurrían en aquellas que habían sido víctimas de agresiones sexuales.
De otro lado, los problemas emocionales suelen desaparecer paulatinamente durante las primeras semanas siguientes a la violación, pero constituye un dato de gran enjundia que el 80% aproximadamente de las víctimas manifiestan todavía algún síntoma un año después. Así, son más frecuentes que en la población general, la depresión y los problemas de excitación sexual y un porcentaje no elevado (12%) suelen evocar recuerdos del trauma durante sus relaciones sexuales normales. Sin embargo, transcurridos de 1 a 2 años postrauma, la víctima padece una ansiedad más severa y tiene una menor autoestima que aquellas personas que no han soportado dicha experiencia. Cerca del 50% tiene que valerse de amigas o familiares para salir a la calle y cerca del 41% muestran un índice de depresión superior que los controles transcurridos 3 años después de la violación (Ellis et al., 1.981; Nadelson et al., 1.982).
El impacto que la agresión sexual puede tener sobre la víctima depende de una serie de factores de los cuales ya hemos hablado y que enumeraremos sumariamente, entre los cuales destaca la existencia de historial psiquiátrico previo. Este factor es un buen predictor de las reacciones emocionales posteriores al trauma. Otros factores que adyuvan a una mala adaptación postraumática son el duelo familiar en el año anterior y la carencia de relaciones íntimas con un hombre . En este sentido, la existencia de un apoyo social podría cercenar, a corto o medio plazo, las secuelas de la agresión sexual. La presencia de síntomas a los 4-6 años posteriores a la violación, también se asociaba a la posición económica y al desempleo, así como a la historia personal anterior de victimización sexual.
En varios estudios, se ha constatado que algunas mujeres son vulnerables a la violación (Kilpatrick et al., 1.984; Steketee y Foa, 1.986). Comparado con un grupo testigo, similar en atributos fundamentales, en el grupo experimental (víctimas de violación) descolló la falta de aserción, la presencia de abusos sexuales en la infancia y en la edad adulta. De igual forma, se detectó una mayor incidencia de problemas psicológicos, como depresión e intentos de suicidio. Contrariamente a lo que el "sentido común" podría hacer pensar, estas mujeres presentaban un menor uso del automóvil, de sistemas de protección o utilización de armas. Huelga decir que la vulnerabilidad a la violación no implica, en modo alguno, provocación por parte de la víctima, por lo menos en el grado en que una gacela de Grant provoca a un león. Tampoco hay que deducir de lo dicho anteriormente que la asertividad y otras medidas precautorias constituyen una profilaxis frente a posibles violaciones.

2.4. Investigaciones sobre las diferencias
individuales en las reacciones de las
víctimas a la violación


Como se desprende de muchos de los estudios llevados a cabo en la actualidad, no todas las víctimas de la violación son semejantes, existiendo diferencias , en ocasiones marcadas, en sus características demográficas/biográficas. Su experiencia de la violación tampoco es pareja, por cuanto puede variar notoriamente en función de la percepción e interpretación de la víctima. Como señala Kilpatrick (1.992a), cabe pensar que, en principio, el estrés psicológico producido por una violación va a depender de la naturaleza misma de la agresión y de las características de la víctima. De hecho, se han realizado diversas investigaciones para especificar predictores de la posible repuesta del sujeto al hecho traumático de la violación. Los resultados no han sido, en efecto, concordantes.
Las características demográficas/biográficas, han sido investigadas para determinar su poder predictivo. se ha comunicado que las víctimas casadas y que viven en ese tiempo con sus maridos, tienen mayores problemas de ajuste después de la violación en comparación con otras víctimas (McCahill et al., 1.979). La raza y el estado civil son buenos predictores, porque las mujeres casadas y de color se ven más afectadas por el trauma (Ruch y Chandler, 1.983). Pero, contrariamente, en otro estudio no se halló diferencia en los niveles de recuperación postraumática en mujeres blancas y negras (Morelli, 1.981). En otro trabajo, se observó que la edad de las víctimas al ser violadas predecía problemas de ajuste tras el suceso, dado que las víctimas adultas manifestaron más problemas que las adolescentes o las niñas. En la misma investigación, el estatus profesional también fue un predictor, ya que las personas con un puesto de trabajo tuvieron una problemática más grave que aquellas que estaban en paro (McCahill et al., 1.979).
Por su parte, aquellas personas que habían recibido tratamiento psiquiátrico antes de la violación, presentaron un peor ajuste inicial en relación con las que no tenían problemas previos constatados (Frank et al., 1.981). En otra investigación se hallaron resultados similares, pues el historial psiquiátrico antecedente de ansiedad y depresión -y también las enfermedades físicas- predecían modestamente el nivel depresivo posterior al trauma. Sin embargo, la intensidad de éste durante la agresión, no correlacionó con el nivel depresivo subsiguiente (Ruch et al., 1.980). Evidencia concordante fue asimismo informada por McCahill et al. (1.979), puesto que las víctimas con dificultades previas de adaptación, poseían una problemática psicológica más severa tras la violación. Otros investigadores se ocuparon de elucidar cómo se relacionaban los cambios en el año anterior con la capacidad de adaptación de las víctimas de agresiones sexuales (Ruch et al., 1.980). Aquellos sujetos que no habían tenido cambios de vida o una notable cantidad de ellos, eran los que emocionalmente peor se encontraban a consecuencia del hecho traumático.
Por otra parte, ciertas características de la experiencia de la violación per se, no implicaban diferencias significativas en la respuesta individual al ajuste en el primer mes tras el suceso traumático (Frank et al., 1.980). Tampoco correlacionaron las características inherentes a la violación con la gravedad de los trastornos emocionales experimentados después (Ruch y Chandler, 1.983), ni tan siquiera a corto plazo (McCahill et al., 1.979). Empero, estos últimos investigadores observaron que aquellas víctimas de las agresiones más brutales eran las que mostraban mayor problematicidad en el ajuste pasado un año de la violación.
También se han desarrollado investigaciones con personas que habían sido víctimas de violación hacía ya bastante tiempo, con 3,4 años como promedio, examinándose el efecto de cierto número de variables, a saber: haber denunciado el hecho a la policía, haber recibido asistencia en un centro de mujeres violadas, el nivel de vulnerabilidad a las demandas de responsabilidad por la agresión, la existencia de comprensión por parte de personas significativas y la severidad de la propia agresión (Norris y Feldman- Summers, 1.981). A los 6 meses postrauma, la denuncia de la violación no tuvo ningún efecto, pero algunas de las otras variables correlacionaron positivamente con problemas determinados, como síntomas psicosomáticos o el temor a ir sola a ciertos lugares (conciertos, bares, la calle, etc). Sin embargo, debe hacerse notar que las correlaciones encontradas en este estudio, explicaban el 10% de la varianza total del impacto psicológico de la violación.
Si ponderamos minuciosamente estas investigaciones sobre las diferencias en las respuestas individuales a la experiencia de la violación, podemos descubrir - siguiendo a Kilpatrick (1.992a)- algunos hechos significativos. Por todas las apariencias, se trata de sujetos que poseen una cierta habilidad personal para afrontar el estrés general. Dicha habilidad se encontraría también asociada con la historia personal previa, el nivel de funcionamiento psicológico en el momento de la violación y, tal vez, algún factor constitucional. Otro hecho plausible estriba en que el impacto de la violación dependerá de la potencia de la agresión sexual como estresor y de la capacidad de afrontamiento de la misma por parte del sujeto. Además, el nivel de recuperación o ajuste posterior a la violación tendrá que ver tanto del impacto inmediato del acto violento, como de la capacidad de la víctima para enfrentarse con el trastorno subsiguiente a la agresión. Finalmente, el apoyo que la víctima pueda recibir después del trauma por parte de personas significativas (marido, novio, familiares, amigos, psicólogos, médicos,jueces y policía, fundamentalmente) tendrá, sin duda,efectos beneficiosos; en caso contrario, la ausencia de tal apoyo o el rechazo por parte de los demás, puede implicar un incremento del estrés y, de esta manera, llegar a complicar un trastorno ya de sí doloroso.
El mismo Kilpatrick, figura destacada en la investigación y terapia del trastorno por estrés postraumático debido a la violación, llevó a cabo el "Sexual Assault Research Project" (Kilpatrick y Veronen, 1.984a), un estudio longitudinal de víctimas recientes de violación y en períodos de seguimiento de 6-21 días, 1 mes, 3 meses, 6 meses, 1 año, 18 meses, 2 años, 3 años y 4 años. En un trabajo reciente (Kilpatrick, 1.992a), este autor comenta los resultados generales, es decir, que el estrés psicológico agudo ocurre después de la violación y se manifiesta en multiplicidad de síntomas negativos. En la evaluación inicial (6-21 días postrauma), las víctimas estaban más trastornadas que los controles en 34 de las 37 medidas dependientes de una batería de tests psicológicos objetivos, que medían miedo, ansiedad, sintomatología psicológica diversa, estado de ánimo y autoestima (Kilpatrick y Veronen, 1.984a). Un mes después, el cuadro psicopatológico no se había modificado, pero a los 3 meses se observó una mejoría substancial en algunas medidas, aunque las víctimas permanecían significativamente más trastornadas que el grupo testigo. No hubieron diferencias entre las puntuaciones de las víctimas a los 3 meses postrauma y a los 6 meses, 1 año, 18 meses, 2, 3 y 4 años después de la agresión sexual (Kilpatrick y Veronen, 1.983, 1.984a). Habría, pues, bastante estabilidad sintomatológica entre los 3 meses y 4 años postrauma, pese al importante nivel de problemas emocionales que las estas víctimas de agresiones sexuales.
En suma, la violación es un acontecimiento terrible que desencadena efectos profundamente dramáticos. Si bien se produce una mejora sintomatológica es los 3 primeros meses, los problemas continúan a partir de ahí y siguen siendo graves en la mayoría de los sujetos. El grado de trastorno es, tanto en víctimas recientes como no recientes, superior a los controles, por lo cual en cada uno de estos casos está recomendado el tratamiento. Nosotros coincidimos con Kilpatrick (1.992a) al aseverar que la mayoría de los autores no refieren la problemática psicológica de las víctimas de agresiones sexuales al marco de referencia representado por el trastorno por estrés postraumático, amén que el tema de la violación no es conocido en profundidad por profesionales que trabajan en dicho síndrome psicopatológico. La solución de estas discrepancias y deficiencias, adyuvaría a comprender y solucionar mejor este importante problema.

2.5. La explicación de la problemática emocional
provocada por la violación desde la perspectiva
de la psicología del aprendizaje

Resulta perfectamente factible esbozar un modelo teórico, desde la psicología del aprendizaje, sobre la etiología de los problemas emocionales generados por la violación. De hecho, tal empeño ya ha sido realizado por autores de prestigio y en estas páginas meramente se va a resumir lo que ellos dijeron de una forma más extensa (v., Kilpatrick et al., 1.977, 1.982; Veronen y Kilpatrick, 1.983).
Al igual que el término "Ansiedad", el más complejo de "Trastorno por Estrés Postraumático" puede ser utilizado como un constructo hipotético con el objetivo de explicitar la etiología de la problemática inducida por la agresión sexual. En este contexto, se intenta predecir y explicar el miedo, la ansiedad, la depresión y las disfunciones sexuales originadas por la violación.
Siempre según los autores arriba referidos, los trastornos emocionales como el miedo o la ansiedad, serían adquiridos mediante el procedo de condicionamiento clásico, al cual seguirían la generalización de estímulos y el condicionamiento de segundo orden. Cuando una persona es violada, esta situación la percibe como una peligro para su integridad física o incluso su vida. Las respuestas incondicionadas naturales a este tipo de estímulos incondicionados dolorosos o potencialmente amenazadores para la vida, se concretan en el terror y en somatizaciones propias de una gran ansiedad. Consecuentemente, cualquier estímulo que se asociara con la violación, llegaría a convertirse en un estímulo condicionado que, por su propia idiosincrasia, tendría la capacidad de evocar respuestas de miedo y ansiedad. De esta suerte, estímulos condicionados como la gentes, las situaciones presentes durante la agresión (vbgr., oscuridad, extraños, la soledad, etc) podrían elicitar respuestas condicionadas, como la ansiedad o el miedo, en virtud de su asociación con el terror provocado por la violación. De este modo, estímulos presentes en todas las violaciones,como un hombre y los hechos vinculados al coito, representarían estímulos condicionados que generarían, virtualmente, miedo y ansiedad en prácticamente la totalidad de las víctimas. Existirían, ciertamente, otros estímulos que evocarían diferente grado de ansiedad o ni lo harían, en función de que estuvieran o no presentes cuando determinadas personas fueron sexualmente agredidas. estos serían únicamente estímulos condicionados para aquellos casos en los cuales se asociaron o estuvieron incluidos en el proceso de condicionamiento. De ello se infiere que si se desea llegar a predecir con alta exactitud los tipos de situaciones que evocarán ansiedad en un sujeto particular, se habrá de obtener una descripción pormenorizada de los estímulos que estuvieron presentes cuando se produjo la agresión. Por ejemplo, si una mujer fue violada de noche por un hombre que empuñaba una navaja, podría desarrollar respuestas de ansiedad condicionadas a la oscuridad, a dormir sola y a las armas punzantes. Este modelo, basado en el paradigma del condicionamiento clásico, predice que la ansiedad observada en la víctima estará relacionada con las circunstancias particulares que concurrieron en su situación de violación. Pero, además, según el condicionamiento clásico, las respuestas de ansiedad pueden generalizarse a otros estímulos semejantes a los estímulos condicionados presentes durante la agresión sexual. De hecho, quienes trabajamos con este tipo de pacientes, comprobamos que la respuesta de ansiedad no es desencadenada solamente por el violador, sino que se teme a los hombres y más si poseen características similares al individuo en cuestión.
Cuando se han desarrollado los síntomas de ansiedad y debido a la denominada ansiedad anticipatoria o premonitoria, las víctimas evitarán aquellas situaciones asociadas o que les recuerden la violación. Cuando se produce una respuesta de evitación ante una situación estimular, dicha respuesta queda reforzada negativamente por la propia reducción de la ansiedad que acompaña a la conducta de evitación. Esta respuesta, así reforzada, por lo general es bastante resistente a la extinción. Además, el número de señales o indicadores (estímulos discriminativos) que disparan la conducta de evitación puede ser tan amplio que la vida de la víctima puede verse seriamente limitada. Puesto que el componente terapéutico más importante para eliminar una fobia es la exposición a aquellos objetos o situaciones temidos -que producirá una habituación o una extinción, según autores- la conducta de elusión debe ser modificada y eliminada(prevención de respuesta) mediante el mismo afrontamiento de la situación evocadora, para que las respuestas de ansiedad sean reducidas y , finalmente, eliminadas. Además, debido a la intensa ansiedad crónicamente experimentada por las víctimas de violación, no sería un hecho raro que se generara una depresión o, como poco, un cuadro depresivo asociado, de monto diverso, a la propia experiencia ansiógena. Kilpatrick (1.978) y Kilpatrick et al. (1.982), arguyeron que las señales cognitivas podían llegar a constituir estímulos condicionados debido a su asociación con la experiencia de la violación. Según esto, las cogniciones o pensamientos que se hallen asociados con la experiencia de la violación se convertirían en estímulos (señales, indicadores) condicionados de respuestas de ansiedad. Un ejemplo claro es la ansiedad que puede experimentar la paciente ante el terapeuta cuando se le hacen preguntas sobre el hecho. En este caso, excepto si el terapeuta es un varón (lo cual es, como se verá, beneficioso para el buen resultado de la terapia), pocos estímulos situacionales hay para que se evoque su ansiedad, por lo cual los estímulos serían de tipo cognoscitivo, asociados -claro está- con la experiencia de la agresión sexual.
Independientemente de que los estímulos condicionados sean físicos o cognitivos, su presencia desencadenará ansiedad en la persona que haya sufrido violación. Cuando un estímulo determinado provoca una respuesta de ansiedad condicionada, la víctima reexperimentará un estado de gran activación y miedo. Apelando a los principios del condicionamiento clásico, los estímulos presentes durante este estado pueden llegar a ser estímulos condicionados que produzcan respuestas emocionales condicionadas por su asociación con los estímulos originales de la violación. Este sería, entonces, el condicionamiento se segundo orden. Este se definiría como el proceso mediante el cual un estímulo anteriormente neutro, al asociarse con un estímulo condicionado capaz de evocar una respuesta determinada, adquirirá la capacidad de disparar esa misma respuesta. Según ello, resulta comprensible que algunos estímulos presentes al mismo tiempo que los estímulos condicionados relacionados con la violación, puedan convertirse en estímulos condicionados de segundo orden que, como tales, también evocarán la respuesta condicionada de ansiedad.
Como señala Kilpatrick (1.992a), el condicionamiento de segundo orden es importante por fundados motivos. Principalmente, promueve la generalización de la respuesta de ansiedad causada por la violación a nuevos objetos o situaciones. Durante el tiempo en que la víctima se encuentre ansiosa debido a los estímulos relacionados con la agresión, nuevos estímulos podrían llegar a condicionarse. Hay muchas razones para pensar que esto es precisamente lo que sucede cuando la víctima habla o piensa acerca de la violación, incluido el propio terapeuta. Pero los clínicos que somos terapeutas de conducta sabemos como manejar la exposición y otras técnicas terapéuticas, para que el hablar y enfrentarse a situaciones temidas -en principio solemos serlo nosotros mismos, tanto por nuestra condición profesional como por la variable categórica "Hombre"-, siempre de modo controlado, lleve a la eliminación de las respuestas emocionales negativas y así dejemos de ser, lo antes posible, estímulos evocadores de ansiedad y/o conducta de evitación. Ya no va a suceder lo mismo, en algunos casos, en lo que hace al marido, familiares, amigos, jueces o policías.

2.6. La prevención de las agresiones sexuales

Resulta verdaderamente difícil prevenir la violación. Empero este es un cometido urgente, teniendo en cuenta el gran incremento de este delito en nuestros días. No disponemos actualmente de trabajos que hayan estudiado sistemáticamente el efecto de intervenciones profilácticas en terreno de las agresiones sexuales. Pese a ello, Becker y Abel (1.981), sugerían varias posibles vías de actuación que podrían redundar positivamente sobre la problemática que estamos debatiendo. A saber:
1. Sería necesario un cambio de las actitudes y del comportamiento que, a nivel social, existe hacia las mujeres. Principalmente habría de modificar la conceptualización de las personas del sexo opuesto como "objetos sexuales" o como seres débiles, indefensos, con poca o nula capacidad resolutiva frente a las cosas de la vida. Estas actitutes se cimentan sobre la educación y el trato diferencial que reciben niños y niñas ya desde su más tierna infancia. La balanza, con su peso negativo, siempre se inclina hacia el lado de la mujer.
2. Dado que existe una relación entre falta de asertividad y violación, debería entrenarse en aserción y en habilidades sociales a aquellas mujeres que sean psicológicamente más vulnerables. El entrenamiento en aserción para esta muestra particular entrañaría indudables funciones preventivas, dado que los violadores agreden, las más de las veces, a mujeres inhibidas, pasivas y poco asertivas (Kolias, 1.974). En relación estrecha con lo que acabamos de mencionar, hay mujeres que han sido víctimas sexuales repetidamente a lo largo de su vida. Por otra parte, el aprendizaje en habilidades sociales tendría también el lado positivo de brindar al sujeto ayuda para volver a ejercer control sobre su vida y a enfrentarse a las respuestas de ansiedad y a la evitación subsiguiente.
Capítulo aparte-y por lo demás confuso-, es el de la autodefensa en personas que han sido víctimas de agresiones sexuales. Aunque, en breve, le dedicaremos a
este tema un poco más de espacio, existen datos que apuntan a que el entrenamiento en autodefensa puede elevar los niveles de miedo en las víctimas de violación (v., Mastria, 1.976).
Tampoco se han encontrado las conductas disuasorias más eficaces, ya que éstas pueden variar ampliamente - aún siendo eficaces- en función del miedo, las habilidades de la víctima y de la misma conducta del agresor.
3. Un aspecto relevante y que debería conocerse mejor es el relativo a la relación víctima-agresor, de manera que aquella pueda comportarse de maneras concretas que disuadan al violador del acto. No obstante, este tema ha sido escasamente investigado (v., Becker y Abel, 1.981; Brodsky, 1.976), si bien los primeros autores referidos han ofrecido un listado de las conductas disuasorias más frecuentes, tomando como base datos suministrados por violadores y víctimas (tabla 2).
4. Otra alternativa consistiría en proporcionar tratamiento psicológico a los hombres que cometan agresiones sexuales. Como comentábamos en el capítulo anterior, en violadores los resultados de las técnicas psicológicas son pobres. Todo el problema no radica estrictamente en la terapia, sino que detrás del fracaso o del pobre resultado se encuentra la falta de motivación para la terapia por parte de los agresores sexuales y el hecho de que muchas intervenciones se han desarrollado en medios carcelarios o como una alternativa a la prisión (v., Knopp, 1.982; Langevin, 1.983).

2.4.1. Unas notas sobre el entrenamiento
en defensa personal


Dijimos en el epígrafe anterior que no se han establecido fiablemente qué conductas por parte de la víctima pueden disuadir al agresor de llevar a cabo su acto. En ocasiones la oposición enérgica por parte de la mujer lleva al resultado apetecido, pero en otras


Tabla 2.- Porcentaje de violadores y víctimas de violación que indica la presencia de comportamientos disuasorios por parte de la violada en el momento de la agresión sexual (Becker y Abel, 1.981).
--------------------------------------------------------
Conductas disuasorias violadores violadas
--------------------------------------------------------
1. Establecimiento de una rela-
ción interpersonal. 40% 30%

2. Medidas represoras externas. 40% 30%

3. Consentimiento. 60% 20%

4. Recurso a lo moral. 40% 40%

5. Ataques verbales. 40% 40%

6. Rechazo ambivalente. 25% 10%

7. Debilidad corporal. 20% 10%

8. Resistencia física. 0% 20%

9. Autocastigo. 0% 0%

10. Virginidad. 0% 0%
--------------------------------------------------------

ocasiones no. Lo mismo puede ocurrir cuando la víctima se muestra sumisa. En este proceso complejo se hallan involucradas, muy probablemente, demasiadas variables personales.
Que sepamos, en nuestro país no se ha llevado a cabo ningún estudio sobre la efectividad de la autodefensa frente a la agresión sexual. Algo más se ha hecho en tierras anglosajonas, pero la evidencia no es clara. A pesar de esto y en fechas bastante recientes se han realizado trabajos en USA, patrocinados por el "Centro Nacional de Previsión y Control de la violación", en los cuales se informa que una oposición violenta por parte de la víctima (chillar, arañar, dar patadas, morder y tratar, además de huir), tiene mayores posibilidades de escapar del trance que otra mujer que no haga lo mismo. Bart (1.980)entrevistó a 94 mujeres que habían sido agredidas por un violador y 50 de ellas consiguieron huir ilesas. En un segundo estudio, 120 mujeres lograron huir, un porcentaje importante de la muestra total, consiguiéndolo al comportarse también con violencia (McIntyre, 1.980). Ambos autores afirmaron que el oponer resistencia no aumentaba los riesgos de daño corporal grave, aunque sí el de lesiones menores (arañazos, ojos amoratados, magulladuras, etc). El hecho de que el agresor llevara un arma, apenas repercutió en el resultado del intento de violación. No obstante, debe indicarse que las mujeres que consiguieron huir eran más corpulentas -y más fuertes por tanto- que aquellas que acabaron siendo violadas.
La respuesta violenta a la agresión sexual no tiene porque ser meramente física, sino que puede ser de tipo verbal. En ocasiones, palabras duras dirigidas al violador pueden impedir que se consume la agresión (Warner, 1.980). En la tabla 2 aparecen otras formas de comportamiento disuasorio.
Los datos que acabamos de presentar podrían inducir a pensar que un buen entrenamiento en defensa personal o artes marciales sería un remedio válido frente a la agresión sexual. Pero ya hemos visto que no funciona en todos los casos y que, además, la evidencia es escasa. Como mucho, podría afirmarse que el fortalecerse físicamente sería deseable. Además, comentamos que a algunas mujeres esta alternativa les causa ansiedad (Mastria, 1.976).

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